Pandemia en Algaidas





   

El 2020 pasará a la Historia de la Humanidad como el año del coronavirus. A primeros de año empezó una pandemia a nivel mundial, obligando a millones de personas a confinarse para evitar una propagación desmedida del nuevo virus. Sin embargo, no es la primera pandemia a la que la humanidad se ha tenido que enfrentar, y posiblemente no será la última. Tal vez una de las más conocidas ha sido la Peste Negra, que causó serios estragos en Europa y diezmó a gran parte de la población, repitiéndose muchos patrones que ocurren con el coronavirus. La Peste llegó de Asia e inmediatamente se buscó un culpable, y en este caso fue la comunidad judía, quien fue objeto de una radical xenofobia por verse envueltos en una serie de teorías conspiranoicas que afirmaban que envenenaban el agua. 


¿Qué es la Peste? La Peste Negra fue llamada así por el característico color negruzco de las manchas, póstulas o bubones que cubrían a la persona infectada. Era una enfermedad producida por una bacteria, la Yersina Pestis, que se transmitió de la rata común al humano y aparecía en alguna de sus manifestaciones: bubónica (hemorragias internas que producían un color oscuro en la piel, la mayoría de las veces en las ingles), septicémica (infección en la sangre, y podía aparecer por complicaciones con la bubónica) o pulmonar (presentándose como una neumonía con ahogo y presencia de bacterias en la saliva). Los enfermos morían a los pocos días del contagio por vómitos y convulsiones. Poder combatir esta enfermedad fue muy complicado porque no se sabía al principio cómo se contagiaba y las únicas medidas de prevención era el aislamiento del enfermo y, una vez muerto, la incineración de sus ropas, objetos y de su cuerpo con cal. ¿A qué os suena?

Aunque la mayor propagación de la Peste fue en la Edad Media, a lo largo de la Edad Moderna hubo varios rebrotes en varios países. Aquí en nuestra zona, el 1 de febrero de 1580 llegó un aviso a Archidona de presencia de la Peste en ciudades como Granada, Málaga, Sevilla o Vélez. El regidor Juan de Herrera, con el beneplácito del duque de Osuna, dio orden que ningún habitante de Archidona y de sus partidos acogieran a ningún extranjero bajo pena de destierro y se consultaron a los médicos de Antequera sobre las medidas a tomar. El miedo a la Peste llegó a decretar la prohibición de cerdos en las calles, ordenando que todo cerdo que estuviera libre fuera sacrificado con una multa de mil maravedíes a su dueño. Por el avance de la Peste, en abril de ese año se ordenó que se cercasen las calles con tapias y solo se dejaron tres puertas de entrada a la villa: en la fuente de Almez, en el Camino de Granada y en la calle de las Monjas. Medidas así fueron tomadas muchas veces en todos los años que hubo rebrotes, sobre todo en 1583 y 1598.

La Peste en el partido de Algaidas

El partido de las Algaidas era uno de los partidos de la villa de Archidona, y que por esos años tenía bastante movimiento de gente por la construcción del convento franciscano de Nuestra Señora de la Consolación, que empezó 20 años atrás, cuando el duque de Osuna había ordenado su fundación. El guardián del convento en esos años que reapareció la Peste era fray Andrés de San Francisco, quien estaba muy preocupado por los brotes de esa enfermedad por el ir y venir de obreros. Como hombre extremadamente religioso, es muy probable que pensara que la Peste era un castigo divino o bien apoyara la teoría de que los judíos, culpables de la muerte de Jesús en la cruz, envenenaran el agua. Fray Andrés era un hombre que llevaba por bandera su religiosidad y su voto de pobreza: únicamente vestía su túnica franciscana y en su celda solo había una silla donde dormía unas cuatro horas diarias. Rezaba a todas horas, aunque estuviera realizando cualquier actividad, y estaba inmerso en la escritura de su libro El Baxo, en el que explicaba la vida que todo buen seguidor de Dios debía seguir. Los habitantes de las Algaidas estaban acostumbrados a verlo trabajando en los huertos del convento a las orillas del Burriana o paseando por el bosque orando en voz alta. Estaba rodeado de un aire de santidad, y hasta se decía que en alguna ocasión de su rostro emanaban rayos de Sol durante las misas cuando miraba a la hostia sagrada. Seguramente muchos pensaron que con fray Andrés en el convento, la Peste no afectaría a las Algaidas, pero se equivocaron.
Por fortuna por esos años uno de los frailes que vivía en el convento era fray Juan de Giménez, que rápidamente puso unas severas medidas cuando las noticias de Peste llegaron a las Algaidas. En la documentación consultada, no aparece el lugar de origen del fraile, pero es más que probable que se haya enfrentado a la Peste anteriormente, e incluso que la haya pasado y fuera inmune, por las medidas que solicitó desde primera hora: acordó con el guardián meter en un vaso de vinagre todas las monedas que llegaran al convento y hacer desinfecciones con la misma solución de vinagre.
Cuando aparecieron los primeros enfermos, él mismo acudía a las casas para verlos, con la cara y manos cubiertas, y pedía que se abrieran las ventanas para la ventilación de la habitación y se fregara con vinagre los suelos. Él veía muy preocupante el aumento de temperatura corporal, así que pedía que no se llevasen “vestiduras inflamatorias” y que se consumiera mucha verdura y vino rebajado con agua. Siempre las ventanas abiertas para que entrara el Sol y se ventilara la vivienda.
Como se ha podido ver, se usaba el vinagre como desinfectante, y esos años el convento usó bastante vinagre para desinfectar no solo el lugar que habitaban los frailes, sino también las viviendas de los enfermos. Por desgracia, no todos sobrevivían y aquellos que morían eran quemados en cal junto a sus objetos, cerca del río y era el encargado de hacerlo era un algaideño, Juan Pedrosa, que lo hacía por encargo del fraile y “muy gustosamente por haber sido salvado por los cuidados del señor fraile”. 
Muchas gentes llegaban a las Algaydas para ser atendidas por fray Juan”, relataban “un niño de 12 años trajo a su madre en un garañón [un asno] media muerta y ahogada y con los cuidados del buen fraile pudo vivir”. El convento, en aquellos años en los que aún estaba en construcción, sirvió de hospedaje y de hospital para algunos enfermos que llegaron, empezando a cumplir así una de sus misiones: dar vida al partido. 




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